Por Fátima Luján
Una historia sobre identidad y raíces.
El árbol de Mburukujá
En casa de mi familia, durante mucho tiempo, hubo un árbol de mburukujá.
El mburukujá no era un árbol. No tenía un tronco inmenso ni raíces que dominaran el patio. Una enredadera, una de esas plantas que, por sí solas, parecen no poder llegar demasiado lejos. Necesitaba algo más. Un sostén. Una estructura. Un lugar desde donde alcanzar la luz.
Y allí estaba aquel árbol enorme, de raíces inquebrantables. No daba frutos, no florecía, no ofrecía nada más que una sombra generosa y, con ella, muchas hojas secas. Un árbol estéril, decían algunos. Un árbol que, en su grandeza, tenía la posibilidad de destruir cimientos con sus obstinadas raíces.
Entonces el mburukujá hizo lo que sabía hacer.
Se aferró al tronco con una terca determinación y empezó a subir. Poco a poco fue conquistando la altura, ocupando espacios que hasta entonces estaban vacíos, buscando siempre un poco más de luz.
Con el tiempo, aparecieron las flores.
Después llegaron los frutos.
Y el árbol, que nunca había dado ninguno, comenzó a verse cubierto de maracuyás. No había cambiado su esencia, pero el mburukujá había encontrado exactamente lo que necesitaba para desplegar la suya. No pidió permiso. Simplemente invadió con suprema convicción el espacio del árbol, sin necesidad ni intención de reemplazarlo.
Así fue como, durante mucho tiempo, mucha gente conoció aquella casa: la casa del árbol grande. Ya de por sí era imposible pasar desapercibida, con sus tercas raíces, su copa inmensa y esa sombra generosa que al atardecer se llenaba de pájaros y, en verano, del inconfundible canto de las cigarras. Pero con el mburukujá ocurrió algo más. La casa del árbol grande se convirtió también en la casa de las flores exóticas y los frutos inesperados. Imponente, único en el mundo, y exótico.
Para mí, ese mburukujá siempre fue un cuento mágico. Se volvió algo tan noble de entender y de mirar: una enredadera, incapaz de sostenerse porque esa era su naturaleza, y un árbol grande y fuerte, incapaz de dar frutas porque esa también era la suya. El mburukujá supo aprovechar exactamente lo que el árbol era. Un sostén, una estructura, una posibilidad de expansión. Y el árbol le permitió hacerlo. Juntos, sin forzarse a ser otra cosa, lograron su máxima expresión.
Era más complejo florecer completamente en soledad. Todos necesitamos una raíz a la que aferrarnos, una estructura que nos sostenga, y un espacio que lo admire y lo valore, donde la naturaleza pueda expresarse sin miedo, en su máxima expresión.
